El arte japonés de la aceptación: así es como los orientales abrazan la vulnerabilidad

Según el sitio La Mente es Maravillosa para los japoneses el acto de abrazar la vulnerabilidad, especialmente en los momentos más difíciles de la vida, es un acto de coraje y una forma saludable de practicar ser más resilientes incluso en las situaciones más adversas. De esa forma, no es raro que en Japón se escuche con mucha frecuencia la siguiente frase: “Shikata ga nai” la cual se popularizó originalmente después del desastre de Hiroshima y Nagasaki y que volvió a adquirir un significado profundo tras el tsunami de 2011. Su significado es, literalmente, “no hay más remedio, no hay alternativa o no hay nada que hacer”.

De esta forma, usan la aceptación como el primer paso hacia la liberación y en vez de reclamar hasta el cansancio por cada experiencia negativa, escogen nutrirse de ellas para permitirse entender el mundo y sus ideas de forma más clara y profunda. Es obvio que el dolor es inevitable y que sentirse mal es algo de lo que a menudo no podemos escapar, sin embargo, decidir seguir avanzando hace toda la diferencia.

En occidente no solemos pensar de esta forma porque le tememos a la vulnerabilidad. Creemos, en su mayoría, en la ley del más fuerte y mostrarnos vulnerables nos hace sentir desnudos y aterrados, sin embargo, el Shikata ga nai nos impulsa a tomar este terror y angustia para impulsar nuestro crecimiento personal y ayudar a reconstruir todo aquello que haya sido destruido sin importar si la construcción es física, mental o espiritual.

Así mismo, los japoneses tienen un viejo proverbio, “Nana korobi ya oki”, que literalmente significa “Si te caes siete veces, levántate ocho”.

En occidente estamos acostumbrados a la inmediatez de la vida y, en general, no tenemos paciencia ni tolerancia ante la frustración. Somos de esas personas que quieren resultados rápidos y a menudo nos perdemos grandes sorpresas en el camino por pensar de esta forma. Pero si aprendemos a levantarnos ante la adversidad y si aprendemos que en todo lo malo hay aunque sea una pequeña cosa positiva, podremos vivir todos los días felices y sin amargura.

Piénsalo. Al final, la tristeza, la rabia y la frustración ante el mundo parte en nuestro cerebro y nacen en nuestra concepción de lo que el mundo debiese ser y no es. Queremos algo y no lo tenemos, pero nos olvidamos de todo lo que ya hay en nuestra vida y lo duro que hemos luchado para conseguirlo.

Al final, la felicidad vive en los pequeños momentos de aceptación en los que nos decidimos a vivir en el presente y recordamos que lo que importa es vivir en el aquí y en el ahora. 

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